Consagrando a la Primavera

Por: Jéssica Abouganem

Dada la proximidad del estreno de La Consagración de la Primavera, lo primero que viene a mi mente cuando me invitan a escribir sobre danza es esta pieza y todo lo que ha removido en mí, emocionalmente, durante este periodo de ensayos. Pero antes que nada, hablemos un poco de su historia.

La Consagración de la Primavera se estrenó en París en 1913, a cargo del polifacético productor artístico Sergei Diaghilev, quien con su ojo agudo sabía seleccionar y reunir a los mejores talentos de la época para cada una de sus obras. Esta pieza fue la tercera y última colaboración conjunta del joven compositor Igor Stravinsky para el Ballet Russe – la primera agrupación de danza que se independiza del Ballet Imperial Ruso. De este último salió Vaslav Nijinski, virtuosísimo bailarín e intérprete, a quien Diaghilev encomendó la coreografía. Se llegó a rumorar que Diaghilev y Nijinsky sostuvieron una relación íntima por varios años, y que los conflictos emocionales desataron en una profunda depresión psicótica que acabó con la carrera de Nijinski, pocos años después del estreno.

La conmoción entre el público generó un escándalo tal, que es recordado aún hasta nuestros días. Percibimos desde este punto cómo cada factor involucrado en la realización de esta obra va cargado de vanguardia y pasión. La Consagración de la Primavera revolucionó rompiendo con todos los moldes establecidos hasta entonces, tanto en la música como en la danza. Irónicamente, y a pesar del rechazo que generó, esta misma pieza ha sido inspiración para generaciones de coreógrafos que continúan explorando su temática.

Sin mucha narrativa, La Consagración de la Primavera utiliza elementos de la cultura ancestral rusa para rendir homenaje al poder creador de la primavera. Plantea cómo año tras año, la comunidad se une en este rito para elegir a la virginal mujer que será sacrificada para congraciar a los dioses paganos, quienes a su vez bendecirán la estación y su cosecha.

Con esta simple explicación es difícil detectar cualquier problemática, pues en una sociedad “civilizada” sabríamos distinguir lo “inmoral” de sacrificar a una persona, indistintamente de la creencia que se defienda. Juzgaríamos este acto como barbárico, trágico y definitivamente ajeno a una sociedad civilizada.

Ciertamente, la música puede influir en el estado anímico del receptor, más aún cuando se trata de una composición tan disonante como la de Stravinsky; pero fuera de esto, esta pieza despertó algo más en mí. Pude reconocer viejas sensaciones de zozobra, angustia y culpas que ya habían transitado mi ser en pasadas situaciones personales.

Quizás deberíamos, individualmente y como sociedad, empezar a cuestionar con más sensibilidad nuestros principios, costumbres y rituales, pues a pesar de la familiaridad, seguridad y sentido de pertenencia que ofrecen estas estructuras, también limitan y descartan una infinidad de otras posibilidades. No es poco común encontrarnos con grupos afiliados a alguna creencia religiosa defendiendo fervientemente una postura particular. El asunto trasciende cuando dicho grupo se une y transgrede contra otro hasta sacrificarlo. Podemos ejemplificar con los conflictos en medio oriente, o sin irnos tan lejos (y sin ánimo de polemizar), las campañas a favor/contra el aborto, la violencia de género, educación sexual, entre otros.

Quizás podríamos reconocer el mal como propio de los seres humanos, y en lugar de sacrificar, perdonar. Quizás, podríamos ver nuestras diferencias como tales y antes de juzgarlas como el mal, comprender que lo que nos mueve primaria y egoístamente es nuestro bienestar o supervivencia. Quizás estaríamos de acuerdo que bajo ninguna circunstancia o creencia tenemos derecho sobre la vida de otro, literal ni figurativamente.

Las creencias pueden y deberían cumplir funciones pacíficas; sin embargo, aferrarnos ciegamente a ellas sin siquiera cuestionarlas, ha marcado la historia de la humanidad con guerras, genocidios, extinciones completas de especies, etnias y grupos sociales.

Nuestro coreógrafo Maxwell Foster intenta explorar, a través de su creación, lo que lleva a un grupo de personas a despojarse de sus principios morales y sacrificar aún a un ser querido, en defensa de una creencia. Espero con esta puesta escénica poder abordar, confrontar y resolver mis conflictos sociales; así como también despertar en el público el mismo interés y cuestionamiento.

Jéssica Abouganem

Panameña radicada en Guayaquil desde el 2011. Se inició en ballet clásico con los maestros Lelis Reyes y Sasa Adamovic. Graduada de las universidades Goucher College y Pratt Institute como Mgtr. en Danza Terapia. Fue Directora del Ballet del Teatro Centro de Arte por cuatro años. Es Directora de la academia y compañía profesional de danza EnAvant.

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