Dramaturgia hoy

Por: María de Lourdes Falconi Puig

El autor dramático se cocina en su propio caldo y se bebe a sí mismo por cucharadas.

Hay una soledad que es común a todo escritor. El acto de escribir se realiza, de preferencia, en solitario. Ese proceso de manipular las palabras para dar forma y sustancia a la no forma; de construir imágenes haciendo pesquisa hasta dar con la palabra precisa que juegue con otra para organizar lo informe que emerge, y así detonar la emoción exacta que se intenta expresar, despertar, contagiar a otro u otra, para tocarla… en un afán de hacer contacto, se da por una necesidad atávica de comunicarnos para salvar el ilusorio abismo que nos separa. Ese abismo se disuelve -en el plano de lo concreto- mediante el puente llamado libro, que conecta al autor con su lector.

Pero en el caso del dramaturgo, su condición es realmente dramática, porque su juego de palabras tiene como destino final la representación, para lo cual necesita que le presten unos cuerpos dispuestos a encarnar sus textos para dar vida y presencia a los personajes en la escena, aunque sea por un instante. Entonces el creador justifica su existencia y encuentra propósito su trabajo, en ese lapso que dura la escenificación de su delirio.

La soledad del escritor dramático es cruel. Su drama comienza en el instante mismo de la creación: ese acto liberador lo condena a tener que depender de otros para alcanzar la luz. No siempre puede contar con esos cuerpos dispuestos a dar vida a sus personajes; personajes que a su vez hablan por él, por ella –y si es ella, tanto mayor es el drama… que podría rayar en tragedia- pues sus personajes se quedarán colgados, desgajados de la memoria, condenados a no existir ya que no serán aplaudidos, tampoco leídos.

Lo dicho antes, bien podría ser una descripción de lo que tradicionalmente se conoce como dramaturgo/a: artífice de la dramaturgia. Pero resulta que la dramaturgia –como se la entiende hoy- comprende un entramado más amplio, que involucra a la palabra escrita y la trasciende, llegando a constituir todo el complejo ensamble que conforma un espectáculo escénico de teatro, circo, danza, ópera. La noción de unos actores y actrices representando papeles, a manera de avatar reproduciendo virtualmente un libreto que otra persona escribió con antelación, para algunos resulta insuficiente.

El performance puede darse con o sin texto previo, pudiendo construirse desde el movimiento y la improvisación. En consecuencia, dramaturgo es un término que define y comprende tanto al autor (escritor de textos dramáticos) como al creador escénico.

Ahora hablamos de dramaturgia textual para abordar con mayor precisión la idea de una dramaturgia construida desde la palabra escrita; una dramaturgia para ser aplaudida y también leída. Una creación que, por su contenido, calidad y estilo, se deje gozar en la escena y también en el libro. Hablamos de una dramaturgia que “prescindiendo de los artificios requeridos por la “carpintería teatral”, por el modelo de la “obra-bien-hecha”, por la estructura tripartita de “planteamiento/nudo/desenlace”, se organiza como una forma informe que crea e impone sus propias leyes, y aspira al rigor y a la precisión musical de una partitura.” 1

Mucho se habla de la condición temporal del hecho escénico. El teatro es efímero, se dice. Es cierto. Pero no podemos eludir que a los humanos nos mueve la sed de existencia, que la disolución nos inquieta, y que es allí donde el libro nos rescata. ¿Paradoja? Pues, sí. El teatro puede vivir en los escenarios, en las calles, en las plazas y en los libreros también. Que se publique teatro en esta ciudad es signo de buena salud. Que se lo lea, larga vida.

Ya he dicho en otras ocasiones que al teatro se puede llegar desde el texto o desde el cuerpo, lo importante es llegar. Y cada quien lo hará del modo que le venga bien.

“Ante ese tradicional enfrentamiento entre la imagen y la palabra, yo he optado por quedarme con las dos. Ambas son maravillosos materiales constructivos del discurso teatral, y a ambas se las puede entender y dominar desde el conocimiento de la dramaturgia.” 2

Otro aspecto relevante es la presencia de la mujer, “el más formidable aporte de este siglo al texto teatral: la aparición iluminada e iluminadora de la voz femenina (…) que llegó quebrando con su nueva óptica el punto de vista tópico, momificado de 23 siglos de monólogo masculino.” 3 Escucho decir que tal o cual autor aborda temas de lo femenino y que los trata con gran sensibilidad, visibilizando a la mujer, etc… pero sigue siendo un hombre quien lo cuenta. En la dramaturgia contemporánea, las mujeres que escribimos teatro nos hacemos un espacio para atrevernos a contar lo que necesitemos decir en voz alta. Y es importante que la sociedad escuche esa voz.

Encontré en la dramaturgia textual un canal de comunicación. Compartir la experiencia y conectar con hombres y mujeres que se acercan a tomar los talleres de dramaturgia, es otra manera de generar encuentros con el teatro como pretexto. Cada sesión es una oportunidad de descubrimientos y aprendizaje para todos. Somos intérpretes de los distintos roles de nuestra dramaturgia personal, caldo de cultivo del drama social.

Notas:

1 José Sanchis Sinisterra, Prohibido escribir obras maestras, Ñaque 2017, p. 170

2 Mauricio Kartun, Escritos 1975-2015, Colihue S.R.L. 2015, p. 143

3 Mauricio Kartun, Escritos 1975-2015, Colihue S.R.L. 2015, p. 61

 Artículo publicado en la revista El Telón del Teatro Sánchez Aguilar, edición No.55  julio/agosto 2019, pag. 29.

Revista El Telón

María de Lourdes Falconi Puig

Escritora y dramaturga.  Estudió Literatura en la UCSG; diplomada por el CELCIT de Argentina en Escritura Dramática.  Su formación teatral la realiza como autodidacta y tomando diversos cursos y talleres con reconocidos maestros nacionales y extranjeros.  Autora del libro de textos dramáticos Mudar de pies y otras piezas breves (2016); publicaciones en prosa, artículos para revistas especializadas y prensa escrita. Directora de Arcano artes escénicas.

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