El teatro y la peste

Por: María de Lourdes Falconi Puig

Al igual que la peste, el teatro es un delirio y es contagioso.

Antonin Artaud

Cómo pensar en teatro en estos días, me pregunto. ¡Y cómo no hacerlo! Mi actividad se ha centrado en hacer preguntas. Buscando respuestas me encuentro con Artaud, poeta, escritor, dramaturgo, actor y director de teatro. Artaud el genio. Artaud, el “padre del teatro moderno”, el loco. Quiero entablar un diálogo con él, pero se muestra esquivo.

Bueno pues -me digo- y me conformo con imaginarlo sentado a mi lado, como una presencia inquietante. Aquí, pero ausente. Con un gesto de desprecio en la boca, ¿o es de burla? No sé… “La vida consiste en arder en preguntas”, dijo alguna vez.

Intento revisar El teatro y su doble para encontrar respuestas. Publicado en París en 1938, en este libro su autor sienta las bases teóricas del Teatro de la Crueldad, como él llamó a su movimiento. Habiendo sobrevivido a la epidemia de 1918, en su ensayo Artaud además hace una analogía entre el teatro y la peste.

La peste es esa visita indeseada que cada tanto aparece, intempestivamente. Aunque viendo en retrospectiva, diría que es una constante en la historia de la humanidad. Entre ellas, la peste negra de la Europa medieval, que en el siglo XIV mató a un tercio de su población. Y en el siglo XX, en medio de la Primera Guerra Mundial, la gripe española afectó a países de Europa y América, siendo considerada pandemia por los millones de vidas que se perdieron en un año.

En la lucha por la supervivencia, las sociedades de la segunda década del siglo XXI nos enfrentamos a un enemigo común. ¿Enemigo? La fuerza invisible que ataca no sabe de bandos. Para el microorganismo no hay buenos ni malos; los de derecha o los de izquierda; los ricos o los pobres… y el género tampoco importa; el virus entra en todos por igual, sin escrúpulos.

Algo tan pequeño nos puede estremecer y trastocar todo el orden establecido. No es el tamaño del agente sino su potencia. No es lo que se ve, es lo que no se ve. La crisis pone a prueba nuestras certezas y dudamos. La duda da origen a nuevas preguntas. Y con las preguntas se vislumbran otras respuestas posibles al drama perpetuo de la humanidad. Así también ocurre en el teatro.

La peste tiene la propiedad de mostrarnos quiénes somos realmente. Saca lo mejor y lo peor de lo humano. En medio de la marejada, el inconsciente reprimido sale a flote. No hay maquillaje ni vestuario que se sostenga ante la crueldad de una pandemia que nos desnuda hasta los huesos, dejando a la vista tanto la miseria como la nobleza que se cultiva en cada quien.

En la incertidumbre y en la fragilidad también hay algo de poesía… Es en la vulnerabilidad donde soltamos las muchas máscaras para abrazar la propia naturaleza, la existencia pura y llana.

La muerte hace su entrada. A veces nos roza para recordarnos que estamos vivos: ¡Despierta! La cultura del consumo desconoce a la muerte, le ha negado su lugar. No sé cuándo se volvió de mal gusto mencionarla. Gran error. Desplazar a la muerte del imaginario social tiene consecuencias. Y el narcisismo campea. La realidad es que nacemos y morimos cada día. Así también en la escena.

Y como en el teatro, lo que llamamos realidad termina siendo no más que un acuerdo común, una convención; la dramaturgia donde cada personaje juega un rol. Pero hay que saber entrar y salir del personaje, conscientes de que todo ese atavío es un montaje que dura un breve lapso. Una exhalación.

El teatro también ha de purgarse, pero sanará. El teatro sobrevivirá como lo ha logrado en otras ocasiones. Seguirá siendo parte consustancial de nuestra especie. Ahora como antes, se hace necesario. Nos necesitamos para acompañarnos a transitar la experiencia de lo vivido, nos encontraremos con nosotros y con los otros en el convivio teatral, el arte que nos proporciona esa conexión áurea del contacto piel a piel. Abrazaremos la realidad nueva, abrazándonos.

La naturaleza azarosa de la existencia tiene sus misteriosas formas de llevarnos del orden al caos y luego al orden que precederá al caos… en una deconstrucción y reconstrucción infinitas. Así es la vida y la muerte. El teatro también.

Artículo publicado en la revista El Telón del Teatro Sánchez Aguilar, edición mayo/junio 2020.

Revista El Telón

María de Lourdes Falconi Puig

Escritora y dramaturga.  Estudió Literatura en la UCSG; diplomada por el CELCIT de Argentina en Escritura Dramática.  Su formación teatral la realiza como autodidacta y tomando diversos cursos y talleres con reconocidos maestros nacionales y extranjeros.  Autora del libro de textos dramáticos Mudar de pies y otras piezas breves (2016); publicaciones en prosa, artículos para revistas especializadas y prensa escrita. Directora de Arcano Artes Escénicas.

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