El texto dramático

“Descripción literaria de una representación imaginada.” (1)

Por: María de Lourdes Falconi Puig

Hay una especie de tierra de nadie donde habita en solitario el escritor dramático: desde allí produce su obra, que para los literatos no es literatura y para los teatristas no es teatro.

O al menos esa era mi percepción hasta que, en la necesidad de encontrar respuestas que clarifiquen la naturaleza del quehacer del dramaturgo, di con una publicación de pequeño formato: Cuadernos de Ensayo Teatral de la editorial Paso de Gato, su autor José Luis García Barrientos (1), promete “poner punto final a la discusión en torno a la naturaleza del texto dramático”, cuyo concepto ha oscilado desde el textocentrismo hasta el escenocentrismo a lo largo de la historia del teatro, partiendo de la Poética de Aristóteles hasta llegar a las vanguardias del siglo XX.

“La oposición entre literatura y espectáculo será el hilo conductor de la discusión sobre la naturaleza del texto dramático.  Creo que ha llegado el momento de superar las afirmaciones excluyentes de literariedad o de teatralidad, quizás históricamente necesarias, y rendirse por fin a la evidencia.  ¿Literatura o teatro? Las dos cosas, sin duda: literatura y teatro.  Según cómo lo leamos, se acentuará la autonomía literaria (como obra) del texto dramático o bien su finalidad teatral (como partitura) o su procedencia del teatro (como documento).  Pero ni la lectura más literaria puede prescindir de lo que el texto tiene de teatral, ni la lectura más teatral puede anular lo que tiene de literario.” (García Barrientos, 2014, p. 4).

¿Cuál es la naturaleza del texto dramático? Desde un sentido etimológico que asocia literatura a “letra” -por lo tanto a escritura- podemos decir que el dramático es el menos literario de los géneros.  Para los antiguos griegos, la épica estaba relacionada al rapsoda, la lírica a la música y el drama a la representación; sin embargo, hoy, tanto la novela como el ensayo y el poema, son composiciones hechas exclusivamente desde el lenguaje escrito, mientras que el drama no ha podido desligarse de su destino escénico.  Su carácter literario o no, es el problema más discutido y no está resuelto para todos, nos dice García Barrientos.

Según este autor, podemos entender al texto dramático como: la obra literaria editada con el nombre genérico de “Teatro”; el libreto, con el que trabaja una compañía o grupo para ponerlo en escena, el mismo que puede ser publicado o no; y el texto, no previo sino posterior a la puesta en escena.  Entonces, tenemos tres manifestaciones del texto dramático que, según su uso o formas de leerlo, se identifican conceptualmente así: el texto como obra, el texto como partitura y el texto como documento.

El texto dramático como “obra” literaria sería el objeto-libro que precede y da origen al espectáculo teatral.  Tiene cierta autonomía con respecto al teatro, ya que puede ser leído como literatura y ser sometido a análisis estilísticos, ideológicos, etc., independiente de su relación con el hecho teatral.  Pero esa “autonomía”, que podría justificarse por su existencia anterior al espectáculo, resulta ser relativa, pues es ampliamente aceptado que llamamos teatro al fenómeno que sucede en la escena.

El texto documento sería la “transcripción lingüística” del espectáculo que se levanta a posteriori; mientras que el texto obra puede dar pie a varios espectáculos diferentes entre sí -dependiendo de cómo se dirija cada puesta en escena- y en consecuencia, a cada una corresponderá un texto documento diferente.  Eventualmente puede darse la coincidencia entre un texto obra y un texto documento“Un escritor puede aspirar al título de dramaturgo –nos dice García Barrientos- en la medida en que sus obras se aproximen al ideal representado por el texto como documento teatral.”  Aunque en la práctica, lo que sucede con la gran mayoría de los textos dramáticos como obra, es que difieren de los textos que documentarían las distintas puestas en escena que pueden dar lugar.  ¿Y por qué ocurre esto? “Es evidente que cada autor, al escribir para teatro, tiene en mente una puesta en escena propia y la imprime en su texto, de acuerdo con un sistema de convenciones de su tiempo.” (Serpieri, 1977, p. 94).

Estas diferencias, entre el texto obra y lo que finalmente se logra montar en escena, se reducen cuando el director de la puesta es la misma persona que creó la dramaturgia textual.  Es el caso de los creadores que ejercen el doble rol de dramaturgo y director de teatro.  Aún así, muchas veces corresponde una reescritura del texto dramático al momento de confrontarlo con el proceso de montarlo en escena.  Más aún, se dan los casos en que no se considera acabado el texto de la obra hasta después del estreno, y se hayan incorporado las eventuales correcciones que devengan de la puesta en escena.

El teórico teatral concluye: “Los tres aspectos del texto dramático son, en realidad, literarios y teatrales a la vez, pero es cierto que el de obra acentúa lo literario mientras que los de documento y partitura, anverso y reverso de lo mismo, ponen en primer plano lo teatral.  Ello autoriza a ver, simplificando, en la dicotomía obra/texto la doble cara, literaria y teatral, del género dramático.” (García Barrientos, 2014, p. 14).

Viéndolo de este modo, el texto dramático cobra para mí renovado valor al reconocer en él un camino de integración entre palabra y cuerpo, literatura y teatro; ahora comprendo porqué me resulta tan atractivo recorrerlo.

 (1)  García Barrientos, Cuadernos de Ensayo Teatral, Editorial Paso de Gato.

 Artículo publicado en la revista El Telón del Teatro Sánchez Aguilar, edición mayo/junio 2018.

Revista El Telón

María de Lourdes Falconi Puig

Escritora y dramaturga.  Estudió Literatura en la UCSG.  Su formación teatral la realiza como autodidacta y tomando diversos talleres con reconocidos maestros nacionales y extranjeros.  Autora de publicaciones en prosa y teatro, entre ellas el libro de textos dramáticos Mudar de pies y otras piezas breves (2016). Directora de Arcano artes escénicas.

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