Llueve cenizas

Autora: María de Lourdes Falconi Puig

En escena dos mujeres. Una de mediana edad; la otra, mujer de edad avanzada, de pelo blanco y bata blanca, permanece sentada en una silla bajo una luz cenital mirando en dirección al público, inexpresiva e inmutable.

 

MUJER DE MEDIANA EDAD: Anoche soñé con cenizas, otra vez. ¿Tú qué crees que sea? Una premonición del final o el residuo, lo que me queda como saldo de vida… no lo sé. Me levanto con la boca amarga y rasposa, como si la hubiera masticado toda la noche. Me levanto. Todavía me levanto. Tampoco tengo del todo claro para qué me levanto. Si se justifica, si tiene sentido… si en definitiva las cenizas lo reducirán todo a una calidad estéril donde es imposible que la vida prospere, tenga un brote o se manifieste de alguna forma. (Pausa breve). Tú qué piensas, o qué pensabas… cómo fue tu tránsito… Qué pasaba por tu cabeza en aquellos momentos en que te abstraías del presente, en que soltabas la conexión con lo burdo para atravesar el umbral en el cosmos infinito de tu mente… ¿Hasta dónde lograste llegar?… ¡Cuéntame!

¿Será posible que el fuego de la zarza extinga la vida por completo?

Pausa.

Te veo aquí, sentada, inmóvil, como cuando era niña y te preguntaba sobre temas incómodos que no querías abordar. Apenas un ligero gesto con la boca, como una sonrisa de lado que no terminó de formarse. Esos instantes contrastaban con el llanto desesperado, con los gritos… esos aullidos que pegabas cuando el dolor se abría paso como una hoja afilada que, en un tajo cruel, te abre de vientre a garganta como a una res faenada. Yo te veía desde abajo. Tú, de pie, con los brazos abiertos en cruz, la mirada clavada en el cielo raso y tu exclamación: ¡Padre! ¡Por qué me has abandonado! (Pausa breve) ¿A qué padre le hablabas? ¿Quién te habló del Padre?

Dime, ¿estás aquí? Me escuchas, ¿verdad? Hablemos. Quizás ahora me puedas responder algunas preguntas, como ¿Por qué las mujeres nos dejamos colonizar por los hombres? Ellos clavan el astil de su estandarte en pleno centro de nuestra tierra fértil y pronto la vida empieza, y con ella, también la muerte. ¿Por qué las Marías hemos de estar al servicio? Tenemos que permanecer sentadas y cerrar las piernas, ¿hasta cuándo? ¿Por qué es mandatorio estar dispuestas a decir que sí? ¿Quién nos conmina a esconder la verdad del rostro bajo el maquillaje y por qué tenemos que “cubrir las imperfecciones”? Para qué usar zapatos que deforman nuestros pies, ¿acaso no quieren que avancemos? ¿Es verdad que calladas somos más bonitas? ¿Tenemos que ser bonitas? ¿Y qué pasa cuando dejamos de ser competitivas en el mercado de la carne?

Pausa.

Escucha, estoy cansada. He dejado los huesos en el camino. La leche fue generosa y salió a borbotones para alimentar las bocas hambrientas. Hice todo lo que exigía el “debes ser” del manual, del libro gordo que nos ponían sobre la cabeza para caminar erguidas y con elegancia (o para pasmarnos el crecimiento). El libro aquel, el de los salmos y responsos… y aunque supe encontrar algunas frases sabias, el mapa no me llevó hasta la tierra prometida. Y finalmente no hubo paga para tanto esfuerzo. No hay quien pague.

Recuerdo haberte escuchado increpar al Padre y demandar el cumplimiento de sus promesas escritas en el Libro de la Ley… ¡Ay, mujer! ¿En serio creíste en promesas de varón? ¡Ja! ¿La ingenuidad es hereditaria o aprendida? ¡Cierto, pues! Olvidaba que la ingenuidad en la mujer se consideraba virtud y que solía confundirse inocencia con ignorancia. (Pausa breve) Dime madre, ¿por qué no me dijiste? ¿Por qué no me explicaste? ¿Por qué no me advertiste? ¿Por qué callaste? ¡Responde, madre!

Mujer mayor se levanta de la silla, gira por su izquierda y sale de escena. Mujer de mediana edad mirando a la mujer mayor mientras se aleja:

¡Madre, responde! ¡Por qué me has abandonado!

Pausa.

Una lluvia de cenizas cae sobre la escena. Mujer de mediana edad mira con asombro mientras intenta atraparla con las manos. Juega.

¡Madre, mira! ¡Cenizas! ¿Son las tuyas o las mías?

Pausa.

Mujer de mediana edad se sienta en la silla bajo la luz cenital, en posición exacta a la de la mujer anterior. La luz se apaga lentamente.

Oscuro.

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María de Lourdes Falconi Puig

Escritora y dramaturga.  Estudió Literatura en la UCSG; diplomada por el CELCIT de Argentina en Escritura Dramática.  Su formación teatral la realiza como autodidacta y tomando diversos cursos y talleres con reconocidos maestros nacionales y extranjeros.  Autora del libro de textos dramáticos Mudar de pies y otras piezas breves (2016); publicaciones en prosa, artículos sobre temática teatral para revistas especializadas y prensa escrita. Profesora de Dramaturgia en el Estudio Paulsen. Directora de Arcano Artes Escénicas, donde dicta sus talleres de Dramaturgia Textual.

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