Muerte en soledad

Autor: Ulises Laertìada

Esto no puede terminar así, mi especie no puede claudicar en esta enfermedad pandémica, pero está claudicando con ánimos extraviados y fuerzas disminuidas. ¡Oh, infame y aterradora minucia que a todos nos has abismado en mil preocupaciones y en otras mil rabietas! Estamos condenados. Estamos siempre servidos en bandeja de oro a las parcas. Estamos muertos incluso en vida. Siempre tiesos cual calaveras entecas y heladas. Estamos solos, muy solos, de principio a fin y de regreso, de ese modo hasta el infinito. Vivimos solos, andamos solos, comemos solos, trabajamos solos, hablamos solos, dormimos solos, morimos solos. Soledad eterna y nunca interrumpida. La agonía se acentúa a medida que estamos más cerca de la muerte y más lejos de la vida. Nosotros nos olvidamos, nosotros no nos recordamos, no sabemos quiénes somos, la brújula teleológica en mito se ha tornado. No seremos perdonados, no habrá clemencia para nosotros. Toda forma de amor y de amistad la hemos trastocado. ¡Oh, inmundos somos todos, insensibles, inánimes! En la miseria habremos de morir. En la absoluta soledad. La mía, la tuya, la suya, la nuestra, la de todos sin salvedad alguna. Hermanos y hermanas, padres y madres, hijos e hijas, esposos y esposas, novios y novias, amigos y amigas, todos habrán de morir, nadie prevalecerá. ¿Estamos perdiendo, yo y los míos, yo y los que me acompañan, los de aquí y los de allá, los valientes y los cobardes, los viejos y los jóvenes, los hombres y las mujeres, los niños y los adultos, los fuertes y los débiles, los que aman y los que odian, todos nosotros sin excepción? ¿A esto hemos llegado? ¿A la conclusión de nuestros días sin ninguna posibilidad de restaurar la vida, de redimirnos ante el creador y absolver nuestras iniquidades? ¡Oh, recia tormenta que mojas hasta las más ocultas ensoñaciones y no dejas cabida para el reposo! Los tiempos aciagos han llegado y amenazan con derruir a cada ser humano; la acechanza de la negra muerte se cierne sobre todos nosotros, nuestros ojos se nublan por la contemplación de la siniestra caída de cientos de miles de personas en el mundo. El miedo nos abruma, la falta de certeza nos asfixia, la soledad se ha vuelto nuestra compañera más fiel. Nos perdemos, nos agotamos, claudicamos con las manos ensangrentadas y el espíritu derrotado, entregamos nuestras armas, nos despedimos mutuamente, sin palabras de esperanza, sin canciones de felicidad, sin versos dignos de entusiasmo, nos vamos lentamente apaciguando hasta fenecer y convertirnos en algo distinto. Ya la muerte nos persigue, ya la muerte nos reclama, ya llegan las horas postreras que nos llevarán en navíos mortuorios, dentro de féretros cubiertos por velos translúcidos. Al fin y al cabo aquí nadie ha de quedar, vivos y muertos hemos de marchar, al otro lado de la ribera, hacia otro mundo si es que lo hay, aquí nadie quedará, aquí un tiempo estuvimos mas el destino se consuma con nuestra desaparición. ¡Oh, suerte funesta, ave de mal agüero, cuervo de la tempestad! Es mucha nuestra pena que ya no cabe en este mundo. ¿Lloraremos y nos afligiremos amargamente? ¡Oh, infausto tormento que nos hundes en los abismos más desolados! ¡Oh, avalancha de desgracias que se avecinan rompiendo las defensas de las huestes humanas, resquebrajándolas, convirtiéndolas en nada, en sombras, en imágenes fugitivas, en naturalezas débiles, incapaces ya de afrontar la dura adversidad que nos yergue, que nos abate, que nos domina, que nos aísla, que nos separa, que nos divide, que nos quiebra en un millón de esquirlas. ¡Oh, drama sin final! Males que sobrevienen y no esperamos y no sospechábamos. ¿Todo esto es lo que hay que pagar? ¿Todo este castigo y sufrimiento es tan sólo una migaja de lo que se aproxima? ¡Oh, mi alma se despedaza, se hace añicos, ya no puede más, me dice que no puede ver las muertes inexorables de quienes me han acompañado en el tránsito de esta efímera existencia! ¿Es que acaso ya no queda poder alguno para hacer frente a las sombras que buscan prosternarnos? Sólo una ilusión vaga, errabunda y casi perdida es lo que resta, sólo un reflejo de una esperanza palidecida. No puedo escucharlos a todos gemir, no puedo escucharlos a todos sollozar ni suplicar por conservar sus vidas angustiosas, no alcanzo a vislumbrar las multitudes de sufrientes que deambulan por todos los recovecos del vasto mundo, penando en un sinfín de cuitas, creyendo que la salvación es una quimera y la fuerza un antiquísimo recuerdo antediluviano. ¿Alguien en el cielo o en algún sitio atestiguará los tiempos oscuros en los cuales nos desplomamos como aves que caen en picada? ¿Alguna esperanza significará la llegada de la aurora? ¿Habrá nuevos días y tiempos renovados? ¡Oh, mar de expiraciones apiladas en estacas repulsivas! Sólo una vil moratoria es lo observable en el campo mortífero sobre el cual los cadáveres se amontonan y los que aún permanecemos en vida nos llenamos de tristeza y morimos de nostalgia, morimos de desesperanza, morimos de soledad.

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Ángel Ulises García Velázquez

Zapopan, Jalisco, México, 1998. Escritor y estudiante de Filosofía en el Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad de Guadalajara. Autor de novelas y libros de poesía como: Poemario, La pluma de la Libertad, Polvo Enamorado, Acertijos en las Sombras e Intemporal.

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