¿Para entender lo que refleja el teatro local?

Por: Hugo Avilés Espinoza

Parafraseando el precepto bíblico que dice: “de la abundancia del corazón habla la boca”, nos atrevemos a formular: “de la abundancia de la sociedad habla la escena”, y damos paso a su sustentación.

Consideremos tres tópicos importantes entre los objetivos de un artista escénico (sea actor, director, dramaturgo, productor, etc.), a suponer: la supervivencia económica, el reconocimiento público o fama, y la superación artística propiamente dicha. La consecución de cada uno de ellos le supone una dinámica de acciones que, con mayor o menor esfuerzo, se ve retribuida en dinero, aplausos o crecimiento profesional.

La supervivencia económica relaciona directamente a grupos objetivos específicos con los productos o servicios que el profesional escénico puede ofertar, desde sus capacidades, destrezas o especialidades, los cuales, haciendo un recuento basado en la experiencia, incluyen: actuaciones teatrales, actuaciones publicitarias, actuaciones televisivas, clases a estudiantes de escuelas o colegios, clases de convocatoria pública, activaciones de productos, dirección escénica, locución, escritura de guiones, y toda la extensa gama de “cachuelos” a los que un histrión pueda echar mano con el propósito de cubrir los gastos necesarios en una sociedad en la que el ser artista te hace bordear la precariedad y te somete a los más angustiosos sinsabores en el campo de lo monetario.

El reconocimiento público, ese nutriente de la autoestima, tan parecido a su perturbadora hermana mayor: la fama, con la diferencia de que el primero es la agradecida demostración de aprecio aprobatorio de simpatizantes y afines, mientras que la segunda flirtea con la vanidad y la egolatría, convirtiendo a su poseyente en un sujeto vacuo y oportunista. Pero la fama es astuta y maliciosa, se aprovecha de espíritus débiles para aparentar sabiduría, erudición, gloria, trastocando saberes en lisonjas y vanas adulaciones.

La superación artística resulta ser, en comparación con los otros temas, la menos perseguida de las aspiraciones, pues implica una actitud altamente volitiva de parte de quien se interese, lastimosamente se halla permanentemente amenazada por la suficiencia y el conformismo, siendo necesaria para su movilidad el deseo intrínseco de mejoramiento y consecución de la excelencia.

¿Cuál es la relación entre lo analizado y lo que refleja el teatro que se muestra en Guayaquil? En menor, casi ínfima, cantidad se presenta un teatro sustentado en la experimentación y búsqueda de nuevos lenguajes, nuevas estéticas que transmitan una visión crítica acerca de temas que aborden conflictos de trascendencia social, política o humanística. Frente a esta situación la mayor parte del pastel se la lleva un extraño maridaje entre alcanzar la fama y el enriquecimiento económico. Ser famoso para ser rico. Ser famoso, aunque no se sea rico. Ser muy famoso y ser muy rico. Para esto basta con incorporar algunos ingredientes infalibles a la receta: aparecer con personaje sostenido en telenovelas, montar obras de temas románticos, efectistas o escandalosos, afichería con títulos intrigantes y fotografías de estilo hollywoodense.

¿Culpables? No. Probablemente estemos recibiendo de parte de los hacedores de escena el teatro que merecemos consumir. ¿Responsables? Sí. Los espectadores y los artistas escénicos, ambos en relativas proporciones, proyectando los síntomas de una sociedad acomodaticia, aletargada, temerosa, esquiva y poco comprometida que aún no sabe qué exigirle al teatro, y que no lo sabrá hasta que el teatro no sepa qué exigirle a ella.

Hugo Avilés Espinoza

Actor, director, productor, dramaturgo, narrador, crítico, improvisador e instructor teatral con más de 35 años de carrera artística. Director de Fantoche Teatro. Mantiene la columna de opinión y análisis teatral en la revista cultural CartónPiedra de diario El Telégrafo. Tiene dos obras publicadas; actualmente es Asesor Cultural de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo del Guayas.

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