Perencejo

Por Laura Marcos

El temblor de la mano, determina una dirección hacia arriba, sacudiendo un dedo acusador, a punto de señalarnos.  Es lo primero que vemos antes de que Mario se dé la vuelta para enfrentarnos.

Los colores tan significativos y puros en el rostro del actor, son la insignia de una cultura. Pigmentos fuertes, pesados, de contornos marcados, por los que los gestos se abren paso, distinguiéndose incluso, a pesar de los múltiples personajes de este solo.  Mario Suárez, dramaturgo, actor, es todas las historias, dentro de un enorme corazón preocupado en sensibilizarnos. Dirigido en este descomunal trabajo actoral, por Jorge Parra, actor, coreógrafo, gestor cultural.

Las emociones sobrepasan al maquillaje, la actitud al vestuario y a la percepción de la realidad: el acto creativo de la actuación, nos pone en un estado de consciencia, que la cotidianidad insana nos ha quitado. Poéticamente las palabras nos apuntan entre medio de los ojos.

La Obra comienza en la súplica del acorralado.  Es un clamor salido del hacinamiento, del desamparo, de la soledad.  El inocente reprimido en el encierro, garantiza la libertad de aquello que realmente propaga el mal que nos somete.  Las manos del preso se estrangulan en un rezo desde su espalda, implorando lo que no será escuchado.  El único seno que lo consuela, es la madre a quien reza.  La sociedad se apoya miserable en su sacrificio.  El texto, profundamente sensible, nos aclimata desde el tono angustiado del encarcelado, nos despierta en la oscuridad de lo que no queremos hacernos responsables.

Luego, es otra espalda la que vemos, mientras ya escuchamos el discurso del próximo personaje.  Ahora, el tono áspero grave, alto, arrogante, impositivo del Diablo, intimida.  Es el mismo Demonio, o es la intención de la propia consciencia la que piensa en voz alta, la que justifica la existencia de un dios?

Todo, la escenografía, el vestuario, las luces, el maquillaje, cada ángulo y color del vitral de la oficina del juez, vienen del entusiasmo de Mario Suárez por el Teatro.  Sustancian a un guionista, poeta, artesano, rescatador de una sociedad perdida de todas las texturas de lo vivo.

Mario desaparece, su metamorfosis no es apenas una.

Aparece el juez, ambiguo, confabulado con el público, con nosotros.

Entre los burócratas, una mujer describe su selección de un hombre machista, porque no tiene mayores expectativas.  Su voz nasal suena igual de descuidada.

Otro burócrata denigrante, toma nota de la declaración de una víctima, con los modos prepotentes similares a los del demonio, y aún más repugnantes.

Cada instancia del rostro se diferencia a pesar de lo escandaloso del maquillaje, nada se pierde.

Y llega el confidente, el momento más constructivo.  Nos seduce, nos divierte, hacemos todo lo que el personaje nos dice.  La expresión corporal distendida en cada parte de la indolencia, se asocia con lo placentero, sin darnos cuenta, estamos enajenados.  Acatamos una secuencia de directrices como si necesitáramos de una señalética para vivir.  Mario otra vez, deja una sutileza en su guión, no pregunta, nos expone.  No solo cuestiona con palabras, sino que provoca la actitud que nos delata.  Siglos de poder se han afianzado en un conocimiento erróneo, mucho más peligroso que la ignorancia.  Así un presidente imaginario, puesto desde el propio público por el confidente, logra aplausos sin discriminación de cada una de sus dudosas propuestas.

Cuando no sabemos, podemos suponer que actuar es representar o fingir, pero no, actuar es vivir en carne propia.  Las vivencias del personaje perduran en el actor, más allá del momento de la obra. Los sentimientos se salen del guión, se prolongan en el tiempo, el personaje cobra vida propia.  El llanto o la alegría pueden devenir en el resto de sus días, no importa lo que el artista esté haciendo, cuando la sensación por sí misma se ha convertido en una realidad concreta.

Para quien vea esta obra por primera vez, muy posiblemente le signifique verla infinidad de veces.  O por lo menos a mí me está pasando eso.

Según el actor, le costó abordar el personaje más perverso, a pesar de ser su propia creación.  La malicia festejante de una moralista que nos amenaza.

El Diablo, fue capaz de cambiar la voz de Mario para siempre.

Y el guión nos deja partidos, cual seres vulnerables, que necesitan ayuda para darse cuenta de la propia existencia.

Laura Marcos

Argentina residente en Ecuador. Artista plástica, dibujante, animalista y aficionada al teatro. Licenciada en Bellas Artes por la Universidad de Rosario, especializada en Crítica. Facebook: Laura Turmalina / @espiritupurpura

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