Solidemia

Autor: Alfredo Gil Estrada

Hace muchos años, en mi juventud, mi padre me prestaba sus libros. Muchas veces no lo hacía y yo igual se los tomaba “prestados” con la consiguiente retada. Es que a los libros, desde niño, siempre los he exprimido. Los leo, releo, subrayo, almuerzo con ellos si estoy solo, me quedo hasta la madrugada leyéndolos, ahora con la retada de mi esposa: “Léelo mañana, caramba, son las 3 am, no se va a ir”. Y uno de los géneros que siempre me apasionó fue la ciencia ficción, con sus Cuatro Grandes: Isaac Asimov, Ray Bradbury, Philip K. Dick y Theodore Sturgeon. A mi padre le encantaba Sturgeon. A mí, Asimov. Pero después de Asimov, iba Bradbury. Y recuerdo claramente la primera vez que leí uno de sus mejores cuentos. El sonido de un trueno, explicaba lo que se ha dado por llamar el “Efecto Mariposa”: Una mariposa bate sus alas en África y la concatenación de eventos desata un terremoto en California.

Pues bien, así ha sido esto. Alguien estornudó en Wuhan, y ahora el mundo está encerrado, asustado, pasando una crisis como no había ocurrido en más de 100 años. Y a nosotros, eso nos tomó como el sonido de un trueno en un día soleado. Nadie pensó que iba a pasar esto. Viendo en retrospectiva, quizás debimos entender que un trueno siempre anuncia tormenta; estamos navegando por sus aguas traicioneras, pasando además entre Escila y Caribdis. El miedo a salir y la necesidad de hacerlo nos pone a escoger lo menos terrible, rogando que no sea a nosotros que Tánatos nos visite. No entendimos el trueno de guerra que anunciaba este terror. Un recuento breve de lo que ha ocurrido quizás es lo mejor para entender dónde estamos hoy, 19 de Julio de 2020.

El 11 de marzo celebramos el cumpleaños de mi Sensei, después del entrenamiento. Todos juntos, sin mascarillas, sudados, luego de haber entrenado hora y media nueve personas en un ambiente cerrado con aire acondicionado. Al día siguiente, entreno de manera particular con su hijo haciendo combate a full contact, usando cascos y guantes que son de uso común para quien los quiera utilizar en el Dojo. Por suerte, no me contagio de nada. Sensei sí, pero terminará superándolo. El 14 de marzo tenemos programado viajar a Chile y a Argentina con mi esposa por nuestras vacaciones. Nunca tomaremos el avión. Decidimos esperar las noticias, que poco a poco empiezan a escalar de tono y a asustar. La gente se empieza a aglomerar en los supermercados y se llevan toneladas de papel higiénico. Nunca entenderé eso. El coronavirus se contagia casi que como cuando se jugaba a las quemadas (tocas y dices la llevas), y se ha recomendado por la OMS evitar las aglomeraciones. El 15 marzo se suspenden las clases de karate, pero ese mismo día en lugar de quedarse en casa, la gente se larga a Montañita y a Crucita, se ponen bravos porque se prohíben reuniones de graduación, les vale tres atados todo. No entienden que es cuestión de horas para que se ordene el toque de queda obligatorio para todos. No entienden que el virus es de muy fácil contagio, lo que provoca la saturación del sistema de salud. Las consecuencias económicas de esto van a ser terribles. Ah, pero que importa. Lo que importa es el puto metro cuadrado particular.

Las personas no entienden al virus, y no lo hacen porque son incapaces de leer ni siquiera las páginas deportivas, El virus no hace distinción alguna. Es justo. Y es cruel. Cruel con sus padres, tios, abuelos. La sobresaturación que se producirá en el sistema de salud público y privado hará que no se los pueda atender.

El 20 de marzo muere mi perro Kenshin, mi labrador, mi fiel compañero. Escribo para él: “Gracias por habernos escogido. Gracias por habernos cuidado. Gracias por tus ladridos de recibimiento. Gracias por haberme defendido; aún viejo y enfermo, no dudaste en ponerte frente a mí para encarar al perro que se lanzó a hacernos daño. Gracias por tu hermosa vida junto a nosotros. Fuiste, como dijo el poeta, bello sin vanidad, fuerte sin insolencia, valiente sin ferocidad; tuviste todas las virtudes del hombre y ninguno de sus defectos. Fuiste mi compañero de armas, mi valiente samurai. Nuestro amado Kenshin. Algún día nos veremos de nuevo para correr junto a ti en la playa. Te amamos para siempre y te decimos adiós con la más bella despedida para la obra de arte que fue tu vida: Buenas noches, dulce príncipe. Que un coro de ángeles arrulle tu sueño.” No lo enterramos, llamamos a un servicio funerario canino para que lo cremen. El 23 de marzo nos llegan sus cenizas con una carta, en una urna. Desinfectamos todo y lo ponemos en la sala. Nuestros otros dos perros se acercan a la urna, y le hacen guardia, acostándose junto al mueble donde reposa. Mi esposa y yo nos sobrecogemos y lloramos.

El 24 de marzo escribo en mis redes sociales: “1.- “Guayaquil y Guayas tienen la culpa de la propagación del virus”. A ver… hasta lo que sabía y es de dominio público, el virus inicia en CHINA, por comer alimentos exóticos. Luego pasa a Europa, y finalmente llega a América. El mundo es más pequeño de lo que creemos y la facilidad de adquirir pasajes para viajar entre continentes es actualmente muy asequible. La primera portadora llegó a Guayaquil, y obviamente desde aquí se propagó. Si era una persona que llegaba a Quito, desde allí se propagaba. O a Cuenca. O a Ambato. O a cualquier lugar. Simplemente, jugó el número. Así que olvidemos el tema regional.

2.- “La gente de Guayaquil no hace caso”. Pregunto yo: ¿La de Quito sí, cuando se suspenden 10 fiestas en una noche, o salen al mercado de San Roque sin ningún tipo de protección? Quito es más que la Naciones Unidas, La Carolina o la República del Salvador. ¿La de Santa Rosa, en su muelle lleno? ¿La de Esmeraldas, que en un vídeo decía que eran responsables tomándose una biela, cada quien en su vaso, afuera en la calle y con un metro de distancia entre cada uno? ¿O la de Machala que hizo «Coronas Party» a tres dólares la entrada? ¿O la de Miami, que hace “rafting”, que es la práctica de atar yates para pasar caminando entre ellos? ¿La de España hizo caso al inicio? ¿La de Italia? Nadie hizo caso… Porque nadie creía en el virus. Vamos ahora a los factores climáticos: Esta es la época de calor en la costa. Temperaturas entre los 30 a los 38 grados centígrados a la sombra. Eso no es un invento. Es una característica propia del litoral. Existen costumbres centenarias muy difíciles de desarraigar de las personas, y una es salir a la calle para no quemarse de calor en las casas. No todos pueden salir a la piscina del patio, al balcón del edificio, o prender un aire acondicionado. Valoremos estar vivos.

3.- Guayaquil es una ciudad comercial, con un alto índice de desempleo y subempleo. La gente vive del día a día; de la venta, del batido, del encebollado, del cachueleo, del transporte (formal e informal). ¿De qué vivo, piensan ellos, si no hago dinero a diario? Hay un enorme índice de pobreza. La gente conoce el hambre; no conocen el virus. Prefieren morir del virus, que puede ser que les dé como que no, pero no de hambre. No es su culpa ese razonamiento; es la consecuencia de una realidad socioeconómica. Por eso es correcto y estoy 100 % de acuerdo con el toque de queda. Solo a la fuerza se puede obligar y asustar. Somos, como país, hijos del rigor.

4.- Los jubilados haciendo cola para cobrar sus pensiones. Debemos replantear el cuidado gerontológico y nuestras relaciones familiares.

5.- El virus no tiene regionalismo. No reconoce estatus económico o social. No reconoce raza, credo, color, partido, equipo, preferencia sexual, feminismo, machismo ni ninguna construcción social. El virus hace lo único que sabe hacer: Infectar. Las PERSONAS somos quienes tenemos prejuicios. Tenemos un factor exógeno viral que ha desestabilizado toda nuestra vida y tejido social, pero aún nos fijamos en ciudades o regiones.

6.- Combatir el virus efectivamente es un tema de EDUCACIÓN. No la tenemos. En NINGUNA clase social. En NINGUNA región del Ecuador. Lo he dicho siempre. Debemos, cuando esto termine, replantearnos como sociedad; entender que Salud, Educación, Tecnología, Psicología, Arte, Deportes, son elementos FUNDAMENTALES para el crecimiento social. Se puede vivir sin fútbol. No sin doctores.

7.- No solo aplaudamos a quienes pelean contra esta pandemia. Cuando termine (y terminará), se debe reajustar todo para que sean debidamente remunerados, con puestos estables e incentivos. Desde los recogedores de basura hasta quienes laboran en los hospitales. Es NECESARIO que se entienda que ellos forman la red de protección de una sociedad.

8.- Asimismo, se deben crear penas draconianas para quienes tocan fondos públicos. NO crear leyes con nombres de tres kilómetros de largo, sino leyes prácticas y de rápida aplicación que incentiven las buenas prácticas de los servidores públicos y castiguen a quienes delinquen asaltando hospitales, por ejemplo.

9.- Finalmente: Cuando se abrió la caja de Pandora y todos los males volaron libres, debemos recordar que en el interior de la misma quedó la Esperanza. A ella debemos aferrarnos y saber que todo pasa. Volveremos a vernos, a abrazarnos, a reír, a llorar, a discutir, a beber, a comer y a compartir. No hoy. No mañana. Pronto. Tengamos fuerza, templanza y valor. Salgamos fortalecidos.” La verdad es que estamos aterrorizados con mi esposa, no sabemos qué va a pasar, pensamos en mi suegro que tiene demencia senil y que permanece en cama luego de una caída que le rompió la cadera en octubre. Sabemos que algo terrible sucederá, pero no sabemos qué podemos hacer, más que esperar.

El 28 de marzo ardo de furia frente a las declaraciones de una presentadora de TV quiteña y escribo: «Dónde están los madera de guerrero», pregunta una señorita periodista por televisión nacional. Aquí estamos, CARAJO, donde siempre hemos estado. Luchando. Todos los días de este horror, luchamos. Guayaquil es Ecuador, aquí ha venido gente de toda la República y de afuera de ella, y a todos SIN EXCEPCIÓN se les ha dado cobijo. A nadie se le ha impedido llegar a la Perla del Ecuador. El problema de Guayaquil no es su «indisciplina». El problema de Guayaquil es la POBREZA, que hace que su gente salga todos los días a buscarse la vida. Guayaquil es sus barrenderos y recogedores de basura; sus médicos y enfermeras que luchan a costa de sus propias vidas contra esta plaga y que no tienen pantalla; los que traen el gas, quienes hacen transporte, las personas que hacen caja en los supermercados y en los bancos. Es muy fácil quedarse en casa, hacer transmisiones en vivo y decir ESTUPIDECES que irrespetan y no se conduelen del lugar de la tragedia, de una tragedia que, repito, puede golpear a cualquiera, sin importar de dónde es, dónde vive, cuánto gana o cuáles son sus apellidos. El tonito de braveo y sus palabras suenan: «si ni si quidin in cisi, jídinsi». Acaso Quito está libre de esta pandemia. Acaso la gente de Guayaquil y del Guayas dijo: «yujuuu, infectémonos, tengamos angustia, enfermemos, muramos sin que nadie nos vele». Padres y madres de amigos muy queridos están enfermos o han fallecido. Hermanos, esposos, amigos. Familias que pierden a los suyos, a su gente amada y no pueden darle al menos la sepultura que merecen. Gente no solo de Guayaquil sino de Durán, El Triunfo, Salitre, Nobol, Daule o El Empalme han fallecido, gente que conocí y con la que trabajé, gente de carne y hueso, no estadísticas que se ven en una pantalla, señora periodista. Guayaquil es el reflejo de Ecuador, aquí se ve de primera mano la informalidad, el desempleo y el subempleo, no en power point. La ignorancia y la falta de educación, lo dije antes también, se reflejan en todo el Ecuador y produce esa clase de comentarios tan desatinados y fuera de lugar. Tener libertad de expresión implica tener cierta contención de criterios en momentos tan terribles y expresar, al menos de boca para afuera, cierta compasión y piedad. Pero Guayaquil es una ciudad solidaria, fuerte, valiente, con problemas e inequidades propios de cualquier urbe grande, y que sobrevivirá. Sobrevivirá y saldrá fortalecida. Sobrevivirá y deberá pedir cuentas sobre el manejo de la situación. Sobrevivirá para honrar a los valientes, sí, a todos quienes tienen madera de guerrero, curtidos en la lucha contra el horror. Sobrevivirá y seguirá recibiendo en su seno a todo el Ecuador, porque somos más que el odio. Somos mejores que el regionalismo ramplón e ignorante. Somos más fuertes que nadie en este país. Combatiremos. Venceremos. Sobreviviremos. Guayaquil por la Patria, y que retumbe siempre su grito altivo, furioso y valiente: VIVA GUAYAQUIL, CARAJO.”

4 de abril. Pico de los días de muerte. Fallece mi suegro. Lo esperábamos, pero fue terrible. Luego supimos que fue el día con más fallecimientos en la historia de nuestra ciudad. Por suerte amigos nos ayudaron consiguiendo al médico legista, al formolizador, los certificados necesarios. No fue CV19, pero es una víctima colateral, justo lo que me temía. El ataúd lo consigue un compañero mío de colegio en Salitre. Es de latón, pero frente a la alternativa que es uno de papel prensado, ni lo pensamos. No conseguimos cupo para enterrarlo. Por suerte, un primo de mi esposa consigue un lugar en el Panteón Metropolitano. El 7 de abril un hombre bueno entra a la eternidad. Lo más doloroso de esto es que toda su familia y amigos no han podido caminar junto a él hasta su última morada. Por lo menos la tecnología permitió que sus hijas lo puedan acompañar hasta que las puertas del descanso final lo acogieron. Sus hijos han cumplido con su deber hasta el final y más allá. Ya descansa, finalmente, en paz. Y nosotros lloramos.

El 15 de abril escribo en mis redes:

“1.- «Quédate en casa»: Me reafirmo, no por una mera opinión sino basado en hechos científicos y reales, que el aislamiento social es la única forma de ralentizar el contagio y de no sobrecargar el sistema de salud.

2.- Nosotros recién estamos experimentando parcialmente lo que vive diariamente nuestro pueblo en su día a día, y digo parcialmente, porque podemos abastecernos sin salir de casa, porque tenemos aire acondicionado, algunos piscinas, servicios de cable u otras comodidades que está bien tenerlas; pero que no todo el mundo puede obtenerlas. Pero en salud, ahora todos sabemos lo que se siente hacer largas colas y que no te atiendan, que te receten paracetamol, y vivir o morir en la angustia. Ahora todos sabemos lo que se siente al no alcanzar lo mínimo elemental: El respeto a la dignidad humana. Si la gente no tiene trabajo y vive del día a día, ¿cómo puede quedarse en casa?

3.- En estas circunstancias, quienes están en el poder deben decir la verdad. Sí es cierto que existió inundación de fake news; pero también los muertos no eran los que las cifras oficiales mostraban. El viacrucis (si se me permite el símil religioso usado por un ateo) para que a un familiar, a un ser querido, se le pueda dar una sepultura digna en las primeras semanas fue terrible. Eso no me lo contaron. Lo viví en carne propia con el fallecimiento de mi suegro. Solo gracias a la intervención, unión y solidaridad de familia y amigos se consiguió que tenga una sepultura decente, no en una funda con cal, amontonado entre otros cadáveres, o peor aún, desvalijado por desaprensivos. Vi fallecer padres, madres, suegros, hermanos, amigos y personas conocidas. Eso no es mentira. Lo sabemos todos; y quienes estaban a cargo deberán rendir cuentas ante la Historia y ante nosotros como deudos, por sus actos y omisiones.

4.- La politiquería, las ambiciones futuras y los pleitos políticos no son aceptables. Las autoridades deben trabajar coordinadamente. Solo así pasaran a la Historia con la mayor condecoración: La del deber cumplido. Es cierto que esto ha desbordado al mundo; pero también es cierto que este es el momento de tender puentes, no de quemar naves. Es una exigencia que hacemos no solo desde el dolor o la incertidumbre, sino desde lo que somos: LOS MANDANTES.

5.- Quienes han puesto el pecho al virus son aquellos a los que generalmente invisibilizamos: Barrenderos, enfermeras, servidores públicos (que no es lo mismo que burócrata dorado), médicos, repartidores, entre otros. A ellos mi admiración, respeto y agradecimiento. A ellos hay que hacerles monumentos y también remunerarlos con salarios dignos.

6.- ¿Quiénes han alegrado, ayudado a soñar, a sonreír, a cantar en estos momentos aciagos? Los artistas. Las medidas NO DEBEN afectar a la salud, a la educación, al arte, al deporte, a los más necesitados. ¿Y si por una vez se los ayuda en lugar de cerrarlos u oprimirlos? ¿Y si por una vez entendemos que ESAS son las áreas que se deben potenciar para que DE VERDAD cambiemos y mejoremos como sociedad?

7.- Si esto que ocurre no nos hace entender como sociedad lo que es la vida y las inequidades, nada lo hará. Piden que nos lavemos las manos pero en muchos barrios populares no hay agua. Piden que no salgamos, pero la tasa de desempleo y subempleo no son números sino personas que viven del día; deben salir a sobrevivir, porque si no es el virus, el hambre se los lleva. Piden clases por internet, pero hay lugares en los que no llega internet, personas que a duras penas tienen un solo teléfono para la familia, o una sola laptop, y además nuestro país tiene un enorme número de analfabetos no solo formales sino digitales.

8.- Si esto no replantea nuestras prioridades como sociedad, el virus solo será el detonante de una explosión que estaba largamente guardada.

9.- Aquellos que pueden, quédense en casa. A quienes no, tomen todas las precauciones. Seamos solidarios. Ayudemos a quien podamos, compartamos información, tendamos nuevas redes. Frente al terror y al desastre, seamos más.”

Hoy, 19 julio de 2020, termino de recopilar estos apuntes y escribir este testimonio. Hemos sobrevivido. La primera ola ha pasado en Guayaquil y se lleva, junto a nuestros muertos, nuestra memoria. La gente sale, se toma fotos, se reúne. Aún están suspendidos ciertos elementos de nuestra vida social, pero pronto abrirán. Hoy Quito, nuestra capital, pasa por el horror. Y nosotros aquí en Guayaquil aún no entendemos que el sonido de un trueno siempre anuncia la tormenta.

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Alfredo Gil Estrada

Abogado de profesión, karateka por decisión. No tuve hijos, talé dos árboles, así que me toca escribir algo. Guayaquil, Ecuador.

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